El lanzafuegos
Cuando yo era niño, solo me preocupaba por seguir a mi papá de un lado para el otro. Si él iba a la avenida, yo iba también; si estaba en los cruceros, ahí estaba yo. A veces era extraño, porque cuando bebía con sus amigos decía muchas vulgaridades: que tenía cientos de viejas, que él hacía lo que quería, que total… se lo iba a cargar la chingada. De chico me asustaban esas cosas. A veces salía corriendo a donde estaba mamá o me ponía a chillar ahí, enfrente de todos, y me ganaba una sarta de golpes. “Merecidos”, decía mi papá.
Un día desapareció, así nomás, sin decir nada, sin que me diera yo cuenta. Mamá lloraba y lloraba. La verdad es que yo también lloré un montón; ver llorar a mi mamacita me partía el alma. El viejo debe estar en un mejor lugar ahora… no sé a dónde fregados se fue, pero tiene que estar mejor que yo, que yo y mi mamacita. Ahora lo entiendo todo: era un viejo borracho, y lo que sea que le pase, se lo tiene merecido. Sí, igual que las zurras que me daba. Si está mejor que yo, qué bueno, y si no… que se lo lleve el diablo. Se fue cuando yo no podía entenderlo, cuando aún tenía la esperanza de que volviera con las manos repletas de juguetes, de dulces, de cariño. Por su culpa, la infancia la viví solo. Bueno, con mi mamacita, pero era casi igual. Todos los días se iba y regresaba hasta que el cielo se oscurecía. Solo venía dos veces: para comer y para vigilar que nadie me hubiera robado.
-Si te ofrecen comida, no la aceptes, que no eres perro. Si te dan dinero, ese si agárralo. Pero si alguien te quiere llevar, échate a correr qué tú tienes a tu madre. –Me decía siempre antes de irse. Ya era como una oración. Ya hasta me lo sabía. A veces cambiaba el orden, pero siempre era la misma cantaleta. Y aquí estoy, gracias a que nunca lo olvidé.
Los años pasaron. Me mandó a la escuela un montón de veces.
-Aprende -decía-, y vas a sacarnos de aquí tarde o temprano.- ¿Pero cómo iba yo a hacerle, si los libros no iban conmigo? Los números tampoco. Ni se diga de las famosas tablas de multiplicar. Tonterías. Si uno no necesita de eso para hacer cuentas. Con tan poco dinero que tenía yo, me alcanzaban los dedos para saber cuánto había ganado en el día. La escuela se quedó atrás y lo único que aprendí es que uno no nace pobre, se es pobre por culpa de uno. Pero ¡qué hacerle!
Los años siguen pasando, sin detenerse, sea uno pobre o sea uno rico. Un día me di cuenta de que me parecía más a mi padre, con esa barba que me estaba saliendo. Ya no estaba tan chico; veía cómo mi cuerpo empezaba a cambiar, y no quería que mi madre también se diera cuenta. Pero en tan poco espacio, yo creo que sí se fijó.
Tenía voz de chiquillo todavía cuando le preguntaba a mi mamá cuándo iba yo a poder trabajar con ella. Ahora que agarré voz de hombre, no veo la hora de sentarme a descansar. Todo el día en la calle, yendo de aquí para allá, haciendo el show enfrente de todos los que pasan por el crucero, para ganarme apenas unas cuantas monedas que a duras penas alcanzan para darnos de comer, a mí y a mi mamacita. A veces comemos carne. Esos días mi mamá va a la iglesia y pasa el día allí, agradeciéndole a sus santos por tanta bendición. Los días que solo comemos frijoles -que son más agua que frijoles- también va a rezarles. Pero yo la saco a jalones, porque ¿para qué perder ese tiempo que podemos invertir trabajando para comer algo mejor? Al fin que sus santos no son tan santos; si lo fueran, ya nos hubieran sacado de aquí.
Mamá quiere que la deje sola, que me vaya y busque algo mejor. Que cruce la frontera y busque chamba. Dice que soy un buen muchacho. Otras veces me dice que me vaya de voluntario con los del ejército, que allá comeré mejor. Yo, por mí, me iría… pero no quiero dejarla. A ella y a mi Marianita.
Sí, Marianita. Vive en el seiscientos diez de la calle Luis Echeverría, a la vuelta del monumento a Hidalgo. Todos los días sale de esa casa blanca que parece abarcar toda la cuadra. El jardín se ve de la reja y está lleno de gardenias, de gerberas rojas, lilas, rosadas. Hasta arriba hay cortinas con flores, y yo creo que ahí duerme ella. He pasado por allí unas cuantas veces, cuando vuelvo del trabajo, a dormir con mi mamacita.
Viste como toda una reina. Sus zapatos siempre con tacón bajito, vestidos... y tiene una blusa blanca de lino que se le ve preciosa. Debe ser su favorita porque la he visto con ella más de dos veces. Y eso que ella nunca repite lo que lleva puesto. Su papá debe ser el dueño de los hoteles del centro. Ese hombre está cargado de dinero, pero no merece una hija como Marianita. Todo el tiempo está gritando. Les grita a todos como si le pagaran por hacerlo: le grita al gato, le grita a su mujer, y le grita hasta a Marianita. ¿De qué me quejo yo, si también crecí a gritos, y cada vez me parezco más a ese viejo que nos dejó a mí y a mi mamacita cuando era yo un chiquillo?
Esa niña debe haber leído todos los libros del mundo. Siempre está cargando uno nuevo. Y si no fuera porque necesita ver la luz, nunca nos dejaría ver sus ojos. Preciosos. Y yo, yo soy un pobre chiquillo, que solo puede impresionarla cuando el coche de su papá se detiene en el tráfico.
- ¡Señoras y señores…el lanzafuegos!
Una vez ella me miró bien de cerquita. Aquel día me dio unas monedas y sus ojos se fijaron en mí: con lástima, con miedo. Nunca había recibido tanto dinero y nadie nunca me había visto así... a los ojos. La gente me evita con pena. No se atreven a fijar la vista. Es como si les doliera. Pero ¿qué les va a doler? ¡que me duela a mí, no a ellos!
Marianita pasa por aquí los jueves, los jueves por la tarde. Siempre pasa por el crucero, saca la mano, me mira, me da unas monedas. Pero hoy me dio un papelito, con su letra tan bonita. Parece que la hizo en máquina de escribir. Parece que tiene moldes en las manos. El papel olía bien. Yo creo que lo ha escrito con uno de esos lapiceros con aroma que compran las niñas en la plaza del centro.
“Es el mejor show de lanzafuegos que he visto”, decía la nota, arrugada, bien escrita. ¡Brincaba yo de contento! Guardé mi papelito en la bolsa de mi pantalón -la que no está rota, la del dinero-. Compré comida para tragar hasta hartarme. Para mí y, ya saben, también para mi mamacita.
El viernes compré mi gasolina -como le dicen los niños que pasan por el crucero, el veneno del lanzafuegos-. Me quité la barba como pude, y debajo de tanta maraña, me parezco más a mi madre que a ese viejo maldito. Trabajé el fin de semana, me salté la misa del domingo y regresé al crucero el lunes. Para el jueves ya quedaba poca gasolina. Entonces apareció el coche del papá de Marianita.
Un sorbo chico para una flama o dos tragos para una flama y media -pensé-.
Pero no. El auto Marianita estaba al frente de la fila de coches. Yo aguanto más de dos sorbos, ya no soy un chiquillo.
Estaba a punto de iniciar el espectáculo, cuando de repente a Marianita le dio por verme otra vez a los ojos. Marianita... que bonitos ojos tienes. Penetró en mí su mirada. Y no solo su mirada. Sentí quemar mi garganta y recordé los tragos de aguardiente que le robaba a mi papá cuando era un niño. Me rompía por dentro, me incendiaba a poco.
Juro haber oído a mi madre. Hasta oí al viejo maldito. Antes de cerrar los ojos vi a un ángel ¡era un angelito! para mí, para mí solito. No hubo más show este jueves. El crucero se quedó inaudito. Pero antes de cerrar los míos, vi los ojos de Marianita.
Marianita, que bonitos tus ojitos.
Escribí este cuento en el 2017, pero lo desempolvé ayer. Lucía me pidió publicarlo, así que aquí se los dejo.
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