Las almas descansan cuando se encuentran.
La vida aún en sociedad puede ser muy solitaria, más con el ritmo de las ciudades grandes, donde a pesar de que la rutina se repite a diario, nunca ves las mismas caras en un mismo sitio; quien viajó contigo en el transporte de hoy podrá no estarlo mañana y esa ausencia no será advertida nunca. Nos tocó vivir en una época donde todo va a prisa, sociedades líquidas1 en las que las noticias no se quedan nunca tanto tiempo como para guardarlas en el recuerdo, no importa cuán grotescas o crudas sean. Todo corre al ritmo de las máquinas, no estoy segura de que avance, pero corre eso es definitivo. Corre a prisa la moda, los títulos en cartelera, los lanzamientos musicales; lo “nuevo” pronto deja de ser nuevo, nada se detiene.
Llevar esta vida de prisa, cansa, cansa los pies, pero cansa también mucho el alma, ¿y cómo descansan las almas que se agotan? No asumo que mi respuesta sea para todos y todas la respuesta, pero yo creo que las almas descansan cuando se encuentran.
Almas de todos colores se mueven a prisa en el incesante ritmo de las ciudades devoradoras, van de norte a sur buscando sustento para asegurar el futuro. Las almas rojas, las moradas, también las almas azules, dan zancadas veloces sobre los asfaltos hirvientes de las urbes que bullen. Almas por arriba y por abajo, en los transportes de tierra, de aire y también en los subterráneos, van moviéndose por doquiera como si estuvieran buscando algo, algo que no encuentran.
Y las almas corren y corren, pero ¿se detienen?
Sí, las almas se detienen cuando algo llama mucho su atención. Una obra de arte, un cielo de colores, una canción que trae recuerdo, todo eso que llena el alma puede justificar una pausa en el camino. Las almas paran en esos sitios donde encuentran refugio, en donde no importa cuánto tiempo demoren, jamás será tiempo perdido. Y así las almas que no se buscan terminan encontrándose.
Algunas se encuentran a sí mismas, en la calma de un sorbo, en una fotografía, en aprender una receta nueva o releer el versito de un poema al que se le guarda mucho cariño. Otras almas se encuentran en grupo, se vuelven amigas y se construyen un sitio seguro en el espacio, se acompañan a risas en el incesante pero inevitable cambio, y mientras se acompañan también descansan.
Esto que digo lo aprendí por cuenta propia un viernes por la noche. Iba como siempre apurada, arrastrando mi alma cansada por las calles de esta metrópoli luminosa, entre coches y espectaculares brillantes conducía los pedacitos de mi alma que además de agotada estaba un poco rota, gajes del oficio. Mi alma que supongo es de un color rojito con morado gritaba todos los días suplicando una pausa, pero cómo se le explica al alma que en el trabajo no existe una licencia que permita ausentarse un par de días porque se lleva un huequito en el interior; los dolores del corazón y del alma no tienen prescripción médica para justificar una falta, ni en el trabajo, ni en la escuela, ni en ningún sitio. De modo que un poco quebrada y sin prescripción, andaba mi alma deambulante haciendo su mejor esfuerzo. Hasta ese viernes, ese viernes septembrino en que mi alma se encontró con un par de ojitos coquetos, brillantes y adornados con pequitas, y como si hubiera hallado por fin algo que buscaba desde hace mucho tiempo… suspiró.
Después de suspirar, mi alma decidió por su cuenta que quería detenerse a contemplar. Y contemplé su risa, que tiene en mi alma el mismo efecto que tienen los rayos de sol sobre la piel en los días fríos, te arropa; y contemplé sus manos que cuidan y construyen a diario; y me di cuenta de que se enoja si la interrumpen cuando canta y se pone triste cuando la vida es injusta; y no pude evitar hacer una pausa para contemplar los hoyuelos que se le dibujan en la cara cuando sonríe, qué ganas de vivir en ellos.
Y mi alma descansó.
Ahora yo tengo un huequito entre sus brazos y andar de prisa ya no carece de sentido pues, sé que voy a parar siempre que tenga su compañía, no hay forma de tener de frente ese par de ojitos deslumbrantes y no querer detenerse a contemplarlos.
El ritmo absorbe, pero nada que no se cure escuchando su voz. El ruido aturde, pero cesa cuando recuerdo el día en que me enseñó su receta de sándwiches de atún. La vida a veces pesa, pero pesa un poco menos desde que tengo su compañía, la compañía de su alma verde con amarillo, su alma que seguro no tenía idea de que la mía la estaba buscando.
[1]Según Bauman, el mundo actual se encuentra en un estado fluido y volátil. Sociedad líquida es una sociedad en la que la incertidumbre de los cambios acelerados ha debilitado los vínculos humanos.
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