Flores de azahar

Hoy quiero contarles de mi tía Felipa. 
 
Tardé veintidós años en ser plenamente consciente de que crecí en un aquelarre, rodeada de mujeres sabias, curanderas que me enseñaron a sanarme con las plantas, el sol, el sazón de la comida y el amor. Tuve muchas tías abuelas, las que nombraré hoy: Julia y Felipa, hermanas de mi abuela paterna, Felicitas. Mujeres asombrosas. 
 
Felipa, particularmente, se dedicaba a curar. Alguna vez visitó a la bruja que habitaba en el pueblo vecino a Jilotepec y le pidió que le compartiera un poco de su conocimiento ancestral. La tía había enviudado recién y buscaba convertirse en curandera para tener un sustento. Las opciones laborales para las mujeres en un pueblo tan pequeño -y machista- estaban abismalmente reducidas en su época. Ojalá supiera que fue lo que motivó a la tía a elegir el oficio al que terminó dedicándose de por vida, además del vacío en el estómago, por supuesto. 
 
La famosa bruja del pueblo contiguo vio en la tía a un buen prospecto para ser su sucesora y así accedió a enseñarle algunas cosas, a curar del espanto, del mal de ojo, del mal de aire, del empacho y otros padecimientos. Con mucha práctica, dotes brujiles y varias recetas de menjurjes, la tía se convirtió en curandera, y tras varios años de buenos resultados pasó a ser la curandera de confianza de la zona. Si algún bebé de pronto dejaba de comer o no dormía bien, bastaba con acudir a la casa de la tía que durante todos los años que yo la conocí vivió al costado derecho del puente que atravesaba el río principal de Jilotepec que desembocaba en la cascada que nombraron “El salto”. Su casa era pequeña, rodeada de flores, árboles frutales y hierbas de olor. Siempre tenía una bolsa de pan colgada del techo, lo suficientemente lejos del suelo para que no la alcanzaran los gatos. En la esquina de la casa aguardaba un altar con varios santos de yeso, una veladora eternamente encendida y una imagen de la virgen de Guadalupe cubierta por un cristal asediado por el humo de la infinita veladora. 
 
La tía adoraba el pan “de manteca”, que lucía como el caparazón aplastado de un caracol gigantesco. Le gustaba tomar café que ella misma sembraba, cosechaba, ponía a tostar, molía y preparaba. Tomaba el café negro, con azúcar, en tazas transparentes que restaban después de que se consumieran las velas que iluminaban el altar de la esquina. Chopeaba el pan en su café, pan que nunca faltaba en su casa porque era uno de los pagos en especie que recibía por sus servicios brujiles. Yo adoraba salir a andar en bicicleta y hacerle una visita express a todas mis tías. Comía en casa de algunas (pipián, adobo de frijol gordo, mole…) y concluía mi recorrido con la tía Felipa donde siempre tomaba café con pan. 
 
Cuando a mis escasos ocho años  sentía que las cosas se ponían complejas de repente y sin causa aparente, y me palpaba la nuca, encontrándola un poco sumida, síntoma principal del “mal de espanto”, me echaba a rodar hacia la casa de la tía Felipa para que me revisara y diera su veredicto, que casi siempre era el mismo: “tu andas espantada”. 
Una vive sustos por doquier y de tanto susto algo dentro se atrofia y comienza a padecerse malestar general, preocupación, angustia, miedo, tristeza, hambre ausente. El “mal del espanto” se manifiesta físicamente por traer en la nuca una cuenca profunda que escapa de lo normal y que con el remedio que la tía guardaba en un frasco grande de cristal y aplicaba en zonas específicas del cuerpo podía arreglarse. 
 
El ritual estaba bien definido, la tía Felipa sacaba la llave del ropero donde guardaba los remedios, abría con cuidado la puerta y elegía de entre todos los frascos y cacharros disponibles el recipiente de cristal más grande, donde guardaba los azahares. “Azahares”, significaba dos cosas: el remedio para curar del espanto ,y la primeras flores que dan en primavera los árboles de lima, naranja y limón, mismas con que la tía preparaba el menjurje. No podían ser otras flores, ni de otro tiempo, tenían que ser flores primerizas. Por eso lloviera, venteara o relampagueara, la tía Felipa salía de casa por la noche el primer día de la primavera y conseguía las flores de azahar y las hierbas necesarias para preparar el brebaje. Además de las plantas, agregaba aguardiente, alcohol de curación y muchas buenas intenciones. La pócima tenía que reposar un buen rato para estar lista, si no, no servía para curar. 
 
Por eso la tía manipulaba con mucho cuidado el frasco que contenía el compuesto que debía durarle para todo un año de remedios, lo colocaba sobre la mesa, le quitaba la tapa y empezaba a curar. Primero le pedía a una que se pusiera de pie y extendiera los brazos con las palmas de las manos mirando hacia arriba. Pasaba sus manos ásperas sobre los brazos desde la arteria branquial hasta la arteria radial, haciendo presión sobre los sitios donde puede sentirse el pulso. De arriba hacia abajo, barriendo los males y llevándolos fuera de sitio. La cercanía de la piel callosa de sus manos se sentía como un alivio que pasaba a sentirse mucho mejor cuando tomaba del frasco transparente un poco de la pócima y repetía el proceso de barrido arterial. Luego ponía un poco del alcohol con hierbas sobre la nuca, las orejas, las palmas de las manos, el pecho, la coronilla y los brazos. 
 
-Ya. -Era todo lo que decía al terminar con su ritual. Cerraba el frasco, lo llevaba de vuelta al ropero y regresaba para ofrecer café con pan. 
 
No importa cuantas veces te palparas, después de ser curada por la tía, la cuenca de la nuca dejaba de llamarse cuenca y volvía a ser planicie. ¿Magia? Sí, ténganlo por seguro. Y esa magia y otras tantas resultaban tan cotidianas en mi día a día durante la infancia y la adolescencia que tardé en ponerle nombre al tesoro que me rodeaba: fui criada por brujas. 
 
Crecí entre cantos, flores y remedios, crecí sostenida por las manos fuertes de mujeres que me convirtieron en lo que soy hoy. Tengo en el alma un pedacito de cada una de ellas y las llevo conmigo a todos los sitios donde la vida me permite caminar. Si subo, ellas suben conmigo, si bajo, ellas me acompañan. En la oscuridad son luciérnagas, en el caos son mi abrazo, en la noche cuidan de mis sueños. Son todos mis puntos cardinales, porque cuando me pierdo son la brújula que me devuelve al camino correcto y cuando me canso son la fuerza que me levanta. 
 
Fui amada y curada múltiples veces por mujeres mientras crecía. Seguro por eso hoy la compañía de otras mujeres me resulta tan reconfortante y sanadora, porque me recuerda el amor de dónde vengo. Porque las mujeres somos eso,  música, poesía, rebeldía, abrazo, lucha, fortaleza, coraje. Un día somos el brebaje que ayuda a otras a sentirse aliviadas y otro día somos el corazón que necesita auxilio. Un día estamos hundidas en la cuenca de los males cotidianos y al siguiente somos la mano extendida que ayuda a otra a salir de allí. Somos amor y sanación.
 
Hoy quiero dedicar este texto escrito en luna llena a mis flores de azahar (madre, abuela, hermanas, amigas, maestras, compañeras, colegas) perfumadas, coloridas, invencibles, que se renuevan cada primavera y para otoño -habiendo reposado lo suficiente- tienen efectos curativos. Gracias a todas las mujeres que curaron mi alma, mi corazón, mi mente y mi vida este mes con sus voces, sus abrazos, su comida, con el calorcito de su compañía y lo gigantesco de su corazón. Que encuentren la misma paz y amor que ofrecen al mundo, y que no se olviden nunca que aquí habrá siempre para ustedes refugio, abrazo, escucha, canciones y café con pan. 

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